miércoles, 2 de junio de 2010

De la ciudad de la vid y las espigas, a la Mesa del Gigante

De ACINIPO
De la ciudad de la vid y las espigas a la Mesa del Gigante. (Un imaginario viaje desde Acinipo a Setenil hace 2000 años)
Desde lo alto, a la vista de las águilas, la ciudad se ve ordenada y recta. Cuadriculada y llana como un mapa. Una planicie rodeada de extensos campos de cereal y vides en el centro de un mar de densos bosques que se pierden en el horizonte. Sólo a ras de suelo, a la vista del grave hombre, se atiende a lo desnivelado del terreno, la recta mesa sobre la que está ubicada, y como chorrea hacia abajo hasta los primeros terrenos cultivados.
Dos hombres a caballo y un sirviente bajan la ladera por el camino empedrado, desde la parte alta hacia los arrabales de la periferia donde están las puertas de la muralla. Las gentes los miran al pasar, sobre todo al joven que no es de allí. Podían pasar por padre e hijo pero sólo son parientes cercanos y no se conocen desde hace mucho.
Accinipo era hermosa, eso era lo que pensó el muchacho, aunque no tanto como su Córdoba natal, ni tan rica y populosa. Era una villa provinciana y agrícola enclavada en una zona solitaria e inhóspita, todo lo contrario de lo que el espíritu del muchacho demandaba, sobre todo desde que sabía que partiría hacia Roma para hacer carrera. No eran campos y bosques lo que tenía en mente sino aquel crisol de caminos y gentes que era la gran urbe itálica y poco o nada era lo que creía que le podría ofrecer aquel villorrio. Pero a su padre se le ocurrió que antes de coger el barco visitara a sus parientes y el lugar de donde él salió siendo joven. La primitiva patria de sus antepasados; aquel poblado enclavado en lo alto de una ladera como si de un nido de águilas se tratase. La vieja ciudad de las espigas y la vid, agrícola y provinciana, de gentes trabajadoras y orgullosas donde aún latía un corazón guerrero.
Antes de franquear la muralla, la comitiva para junto a la fuente donde el sirviente llena de agua fresca unas botas de piel, y al pronto atraviesan la puerta principal vereda abajo, entre rebaños de ovejas que parten hacia los campos.
A ambos lados del camino se ven olivos viejos y retorcidos que hunden sus raíces en la tierra roja. Todavía quedan arroyos de las últimas lluvias de la primavera y el musical ronroneo les acompaña hasta que doblan hacia los primeros sembrados que ya comienzan a madurar. A su vista se extiende un mar de trigo mecido por el viento al unísono. Lejos, en el horizonte, se vislumbran las negras selvas. El muchacho vuelve la vista atrás y ve como la villa asciende hacia la enorme mole del teatro cuya parte trasera sobresale por encima de las murallas de piedra. Tendrían que cabalgar mucho hasta perderla de vista, única referencia civilizada en una tierra salvaje y agreste. Los antiguos pobladores sabían donde levantaban sus casas. Pensó el joven.
-Debes saber Marco, que estas fértiles tierras son el gozo de esta ciudad. Los dioses nos beneficiaron con feraces predios y abundante agua. Los demás lo ponemos nosotros. Nadie en Hispania maneja el arado como las gentes de Accinipo.
- vuestras monedas así lo atestiguan tío, aunque ya sabes que no es precisamente una yunta de bueyes lo que más enardezca mi corazón.
- ya lo veo Marco, pero te será útil y beneficioso allá donde vas pasear por estas tierras y ver como viven sus gentes. Un hombre público debe conocer el mundo más allá de lo que dicen los libros, y más allá de lo que ven sus ojos. No lo olvides. En Roma conocerás gentes de todo el orbe que te hablaran de las excelencias de sus países, y te encontrarás con romanos que quizás te echen en cara tu origen provinciano. Córdoba es una gran y próspera ciudad, pero tu padre nació aquí, y de aquí son parte de tus ancestros. Es bueno que veas nuestros campos y nuestros bosques. Quizás sea la única oportunidad de tu vida de conocerlos. Cuando salgas hacia Roma quién sabe cuando podrás volver.
El muchacho quedó pensativo. Cuando salió de Córdoba y de despidió de sus padres y hermanos la emoción del momento no le hizo pensar que pasaría mucho tiempo hasta que pudiera volver a verlos. Las palabras de su tío lo dejaron pensativo y meditabundo, hasta que el vuelo cercano de unas aves le devolvió a la realidad.
El camino transcurría sin sobresaltos y sin mucha charla. El muchacho parecía distraído observando a los campesinos en sus labores. Pronto, los extensos campos de labor y las huertas iban dando paso a pequeñas arboledas que poco a poco se hacían más abundantes. Las zarzas cuajaban los arcenes de los caminos y en los arroyos y riveras crecían gran cantidad de chopos y álamos que se elevaban hacia el cielo como lanzas puntiagudas. Conforme se alejaban del radio de acción de los arados, en dirección al occidente, la naturaleza agreste se hacía más patente y majestuosas encinas y quejigos bordeaban el camino. Algunos nogales sobresalían entre la espesura.
Custos era un hombre de mediana edad, aunque la piel curtida y las numerosas cicatrices que marcaban su rostro le hacían parecer más viejo. De joven, como tantos otros muchachos nativos, se alistó en las legiones romanas y así pudo salir de su patria y conocer otros lugares. Luego volvió a su tierra natal para hacerse cargo del patrimonio familiar y se convirtió en un hombre modestamente acomodado, labrador y ganadero, heredero de una estirpe de hombres que sabían como nadie aprovechar los abundantes recursos que esta naturaleza les ofrecía. Custos era un amable y hospitalario pariente, pero guardaba en su carácter un punto tenebroso y oscuro, tanto como la exuberante naturaleza de la que formaba parte. Quizás fueran sus años en las legiones lo que añadió ese toque sombrío a su espíritu, pero Marco pensó que en su padre notaba algo parecido, lo cual contrastaba en la histérica algarabía que era la alegre ciudad de la rivera del río Betis, donde fue a parar cuando aún era un muchacho. Era esta tierra áspera y dura, el silencio de sus campiñas, la oscuridad de sus bosques, lo agreste y escarpado de sus roquedos lo que confería a sus hijos ese ánimo taciturno y hosco pero impetuoso y valiente que le sorprendió a su llegada.
En ese mismo instante, mientras trataba de desentrañar los entresijos del espíritu de las gentes del lugar, no sabía muy bien el motivo de esta improvisada excursión. Esa mañana, su tío lo despertó y le dijo que saldrían fuera de la muralla. El hubiese preferido conocer más a fondo la ciudad, pequeña si la comparaba con su querida Córdoba, pero bonita y sorprendente. Le hubiera gustado volver al teatro y verlo de día, pues sólo lo conocía de cuando entró por primera vez en la anochecida. Le hubiera gustado pasear por el zoco y las tiendas, ver los lugares públicos, conocer a las muchachas del lugar. Quizás todo esto le habría borrado esa idea del espíritu sombrío que vio en los pastores que salían con sus rebaños para el campo, los campesinos dedicados a sus labores, las mujeres que entraban a vender castañas y almendras y en su propio tío, que en silencio le llevaba por un camino que poco a poco se adentraba en la espesura del bosque.
A media mañana, el camino que llevaban comenzó a subir gradualmente y el bosque se hizo dueño del paisaje. Ya no había campos de trigo ni viñedos, ni siquiera se veían olivares cuidados. La comitiva aceleró el paso hasta llegar a lo alto de una colina donde Custos dio orden de parar para refrescarse y comer un poco.
- ves Marco, es allí donde vamos
Dijo el hombre señalando con el dedo al horizonte.
-te llevo a un lugar especial para nuestras gentes. No esperes encontrar allí grandes monumentos ni edificios, pero eso no quita para que sea un lugar especial.
Las palabras de Custos despertaron el interés del muchacho, que con la vista trataba de distinguir sin conseguirlo que es lo que señalaba su tío.
Desde ese punto más alto comenzaron una tenue pero prolongada bajada. Si volvías la vista atrás aún se podía ver la ciudad amurallada, con el enorme teatro en la parte superior, aunque llevaban más de dos horas de ininterrumpido viaje. En frente, un océano de árboles que se perdía en la lejanía.
- Nuestra familia habitó estas tierras desde tiempos inmemoriales y entre los fundadores de Accinipo están nuestros ancestros. Ellos buscaron un lugar idóneo para vivir, en lo alto de nuestra colina, inexpugnable por el levante y el poniente, con abundante agua, tierras fértiles y bosques cercanos donde abunda la caza y la pesca. Una tierra agraciada por los dioses. Aquí poco a poco fuimos suavizando nuestras tradiciones de fieros cazadores y guerreros, y cuando llegaron los romanos no tuvimos muchos problemas en adoptar muchas de sus costumbres, e incluso acogimos de buen agrado algunos de sus dioses. Nos romanizamos. He de confesar que no nos ha ido mal del todo, incluso muchos de nosotros hemos servido en sus legiones. Somos romanos. Pero has de saber que en el corazón de nuestras gentes aún se veneran viejas divinidades. Deidades que no tienen formas, ni estatuas ni templos como las que encuentras en las ciudades. Ya lo verás.
Estas palabras hicieron pensar al joven, nacido y crecido como romano. Sabía que sus antepasados eran hispanos pero tampoco se había parado mucho en conocer las viejas tradiciones de su pueblo. Lo veía como una rémora del pasado. Su ilusión era estudiar y hacer carrera en Roma a donde su padre, un próspero comerciante de aceite podía enviarle. Esta visita le resultaba del todo un incidente en su viaje. Él hubiera deseado dirigirse directamente hacia Malaca para coger el barco, pero estas eran las órdenes de su padre y debía obedecer. De todas formas era un muchacho curioso y las palabras de su tío empezaron a despertar su interés, sobre todo ahora que parecían llegar al lugar que quería que viese.
Después de un de un continuo subir y bajar pendientes, el camino de bifurcaba en dos, uno empedrado que se adentraba bosque arriba, y otro estrecho de tierra, no más que un sendero, que a forma de galería discurría entre encinas y zarzas. Pronto, la vereda se colocaba paralela a un arroyo de aguas cristalinas que serpenteaba entre las rocas. Conforme se seguía el meandro del río, el paisaje se hacía imposible, inverosímil. De pronto se vieron en el fondo de un cañón con cuevas y tajos a ambos lados. Arriba se asomaban encinas e higueras de formas imposibles, algunas casi colgando de la piedra calcárea. Las zarzas crecían por doquier y algunas pendían desde arriba hasta el río tapando las cavernas formadas bajo las simas. El arroyo se abría y estrechaba, lo mismo formaba pequeños remansos que caía violentamente en cascadas improvisadas. La trocha en la que se había convertido el camino se veía cortada continuamente por troncos podridos derribados por las últimas crecidas del río. Tuvieron que descabalgar para poder seguir.
Marco parecía sobrecogido. Aquellas piedras parecían tener vida. Las había de formas caprichosas que asemejaban cuerpos de mujer, senos, vulvas, genitales. Había dibujos hechos por la mano del hombre aprovechando las formas, salientes y hendiduras de la piedra. Muchas grutas parecían habitadas, por lo menos temporalmente, pues se veían restos de hogueras. De algunas salía hacia arriba un hollín negruzco que se mezclaba con el ocre de la roca y el verdín. El agua rezumaba por todos lados. Caía en pequeños arroyuelos por el monte de arriba y parecía que brotaba de la misma piedra. Había trechos en los que pasaba por un auténtico pasillo de roca, un túnel pétreo húmedo y negro.
En unas partes la corriente forma playitas de fina arena y guijarros por donde pululan ranas y serpientes. En otras partes, pequeños estadios de roca ascienden paralelos al cauce dándole la forma de los graderíos del circo. Aquel arroyo, simple y humilde había creado una inverosímil obra. Es normal que los hombres de aquellas tierras se acercaran al lugar con veneración y recogimiento. Allí depositaban ofrendas e improvisaban altares, ocultos a los ojos que no querían ver. Árboles gigantes, cuyas raíces asemejaban las garras de un gigante, que desde el fondo del barranco crecían buscando la luz hasta salir a la superficie y donde el piar de los pajarillos se hacía casi ensordecedor por el eco.
La vereda se bifurcaba en incontables carriles, algunos prácticamente cubiertos por la espesura. Siguiendo uno de ellos, al llegar a unas rocas junto al río, Custos indica a su sirviente que amarre los caballos y ambos parientes comienzan una escalada monte arriba. A un lado el tajo con su cuevas y en el otro extremo una caída hacia el río. Los dos hombres suben entre las encinas ayudados de las manos. En mitad de la cuesta, en una pequeña era, Custos indica a su sobrino con el dedo; una majestuosa peña se levanta entre los árboles. Tajo sobre tajo, pero este risco es diferente, más alto y recio. Parece el pecho pujante de un coloso.
-es allí donde vamos Marco, ¡ánimo!, valdrá la pena.
El joven, caldeando, sigue subiendo, no hace ningún comentario. Por nada del mundo dejaría de ascender hasta llegar a la cima.
Siguen un sendero. El camino se hace menos abrupto y llegan a una explanada donde recuperan el aliento. Están en la cumbre, una enorme mesa desde la cual se puede observar todo el camino que han realizado y reconocer los serpenteos del río, que a forma de meandros crea el enorme cañón, que desde dos puntos convergen en uno sólo para iniciar el recorrido, desde su parte más ancha hasta los escarpes finales donde se va estrechando y perdiendo altura. La enorme peña sobre la que están, se yergue como un muñón en el centro del desfiladero. Aquí se divisan los cuatro puntos cardinales, una panorámica impresionante de aquel país de piedra y maleza. La mesa del gigante. Enormes árboles centenarios pueblan la cima, hasta los mismos bordes del tajo y las zarzas bajan precipicio abajo.
Marco corre de un extremo a otro, se asoma una y otra vez para verlo todo. Su corazón está sobrecogido. Custos desde lo lejos le hace señas para que se acerque a donde él está, justo en el centro, donde se yergue el enorme tronco de una encina carcomida por el tiempo y en cuya hueca cavidad cabrían más de diez hombres. Pintada a media altura y aprovechando un saliente en la corteza aparece dibujada una figura antropomórfica.
- esto es lo que quería que vieras Marco. Sobre este altar se han realizado las ofrendas a nuestras divinidades, hoy ya casi olvidadas pero presentes aún en muchos de nosotros. Aquí nos presentó tu abuelo a tu padre y a mí, como hicieron con él y con sus padres. Aquí realizaron sacrificios nuestros ancestros y aquí están los restos de muchos de ellos.
Marco permanece en silencio, mientras su tío esparce unas cenizas y deja unas figuritas de barro rezando unas letanías en una lengua extraña, de signos ininteligibles para el muchacho. Su corazón está sobrecogido mientras presencia la ceremonia. Eso era lo que quería su padre, una bendición para su hijo de los dioses antiguos, aquellos que fueron adorados por las gentes de estas tierras mucho antes de la llegada de los romanos y mucho antes de la fundación de la propia Accinipo. Al mismo tiempo Marco se conmueve ante lo salvaje y primitivo de aquellos ritos, de aquellos árboles, de aquellas rocas eternas. Buscó en lo más hondo de su alma y supo verse como una parte de todo aquello, que no era ajeno a esa obra. Aquellos ritos nacían de lo más insondable del corazón humano, de sus miedos y anhelos. Había dioses para invocar buenas cosechas, la fertilidad de las mujeres, protección en la batalla, pero aquella divinidad nacía de la tierra misma, del espanto de aquellos hombres ancestrales a todo lo que les sobrepasaba, la vida y la muerte misma, la supervivencia y el pavor de vivir.
Eso era por lo que su padre quiso mandarlo a la vieja ciudad de sus antepasados. Pasaría mucho tiempo hasta que pudiese volver, si es que lo hacía algún día. Debía de llevarse como bagaje algo más que el recuerdo de su familia. Debía de llevarse una porción del espíritu de sus ancestros y la bendición de sus atávicos dioses.
[Septenilium; Escrito por Rafael Vargas Villalón]
De Setenil Rural

De La Clica
Nota: Estas últimas fotos son de La Clica, pero bien pudo haber un tiempo en que Setenil fuera algo muy parecido; Un profundo e impenetrable cañón cuajado de una vegetación que desde el lecho del río ascendiera por los tajos hacia la superficie. No sería raro imaginar a los hombres sobrecogidos ante esa obra de la naturaleza.

3 comentarios:

  1. Hola amigos.
    He quitado de esta entrada los extractos que puse sobre la memoria escrita para la Real Acdemia, para evitar confusiones. Esta historia imaginaria es de mi invención y no tiene nada que ver con la memoria, a la que prometo dedicar una entrada en exclusiva.

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  2. Amigo, eres el Perez Reverte de Setenil.Me ha gustado mucho tu cuento y me ha hecho pensar en mis antepasados.
    Ve pensando en la continuación porque yo quiero saber que mas cosas le pasaron a Marco el Romano en su visita a su tio Custos el de Acinipo.
    Enohorabuena de corazón. Eres un artista.

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  3. Bueno, creo que Marco se pensó lo de ir a Roma porque conoció a una niña en Montecorto que no te digo na, y su tío Custos...bueno, habrá que ir pensando en unas historias para estos dos personajes.

    un abrazo y gracias por el comentario

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