lunes, 24 de junio de 2013

El Fin del río...el inicio del camino

 
"Hubo un tiempo antiguo en el que río y hombre habitábamos la misma casa. Era grande, aireada y acogedora. Nosostros crecimos, reconociéndolo como dios, rio, padre, a veces cariñoso y otras colérico, y a acambio él nos enseñaba y daba cobijo.
Un día, alguien nos sugirió al oído que éramos el centro del universo, la medida de todas las cosas. Y la casa se nos hizo pequeña y nos alejamos dando un portazo.
Usar y tirar pasó a ser la consigna, mientras adorábamos a un nuevo dios; el progreso a cualquier precio.
Con los años la tierra se nos volvió incomprensible e inhóspita. Y comenzamos a soñar con lo perdido.
¿Continuará la llave en la maleta? ¿Estará la casa en la misma esquina? A hurtadillas mirábamos por las ventanas, y parecía habitada. ¿Se acordarán de nosostros?..."
Las aceñas. Zamora

 
Viejas ciudades castellanas, de recias piedras, de altos pináculos coronados de cruces donde anidan las cigueñas. Cuna de monjes, guerreros y héroes. Viejas tierras castellanas, donde aún vaga errante la sombra de caín... y sin embargo tan habitables, civilizadas y próximas a la medida humana.
Encrucijada de pueblos, culturas y lenguas; Ciencia, arte, naturaleza y poesía. El viejo Douro a su paso por Zamora.

¡Salud amigos!




Las Escuevas

Los conozco desde siempre, desde que yo era un niño y ellos unos muchachos, cuando aún se respetaba a los viejos y el que los mayores te echaran del campito de fútbol no suponía un drama ni nada parecido, simplemente eran los mayores y sanseacabó el asunto.
Los recuerdo viviendo en aquellas Cuevas de la Sombra que desde la casa de Morenito, cuando aún no existía el puente de Los Gallos, a la tienda de Pedrín, era el lugar de juegos de cientos de zagales que entre clases de colegio, ayudas a los padres y correrías por el río, llenaban de alegría y jolgorio aquellas calles de ensueño. Eran Las Cuevas de La Sombra...y Las Cuevas del Sol, lugar de juegos sin igual de un Setenil inédito de risas y travesuras infantiles.
No hace mucho los vi juntos a los dos, a Cristóbal y a Miguel, quizás de los más venteranos de aquellas turbas de niños, dos de los capitanes de aquellos tercios de zagales que correteaban ufanos y gallardos por Las Escuevas.
- ¡Qué os gustan Las Escuevas! Les interpelè mientras tomaban un café.
- Los calices siempre vuelven a los tajos donde nacieron, me responde Miguel.
Hoy, ni Cristóbal ni Miguel viven en sus Cuevas de la Sombra, pero yo desde luego asocio su imagen a la de aquella calle de mi niñez donde venía a acabar el pueblo, a la de aquellos pisos de piedra y tierra donde se terminaba el asfalto, a la de la pasarela de madera y la escarelilla de piedra que desde el río subía hasta el bar de Calvente.
Ver juntos aquella mañana a esos viejos escueveños me devolvió por unos instantes a mi infancia.

Como una caja de zapatos

Perdonen ustedes, pero hay veces que todo se te hace como más pequeño... encajonado es la palabra que yo usaría. Nuestra vida se ve encorsetada entonces por una estrechez de miras que nos da una visión limitada de la existencia.
Puede que no nos demos cuenta de que a nuestro mundo es mas grande de lo que se ve desde nuestra ventana, o nuestro balcón o nuestra terraza, que hay más gente en el mundo que nuestra familia o nuestros compañeros de trabajo. Otras gentes, otras maneras de hablar, de pensar, de ver la vida en definitiva.
Quizás sea hora de salir, de romper esa caja de zapatos con la que nos hemos enterrado...es hora de tomar el aire fresco.
¡Salud amigos!

lunes, 3 de junio de 2013

Historias de verano: La marca Setenil

No, hoy no pienso extenderme en la nebulosa de un amanecer setenileño, ni en la belleza dramática de unos cielos cárdenos que se pintan allá por Acinipo. Tampoco vamos a hablar de tajos y pitas, ni de aquellos monstruos y fantasmas que ya sólo moran en nuestra imaginación. Hoy vamos a viajar hasta Sevilla, la dorada ciudad que emerge radiante y eterna a orillas del Guadalquivir y que a estas alturas del calendario, pasada ya la exaltación de una esplendorosa primavera de palios y farolillos y finiquitados los faustos del Corpus, parece entrar en un letargo, un sopor estival del que sólo saldrá para cuando La Virgen de los Reyes.
Nos dirigimos ahora a un barrio cualquiera, el Parque Alcosa, uno que conozco bien. Amplias avenidas delimitadas por altísimos bloques de colores; los blancos, los amarillos, los verdes, los azules, locales comerciales, bares y cafeterías. Se ve que es un barrio alegre y bullicioso pero a estas horas de la tarde (son las cuatro) y con el calor, está vacío y solitario.
Ahora se oye el inconfundible sonido de una persiana metálica, como una carraca. Imaginamos que algún comercial sale de su negocio. Efectivamente, un hombre de mediana edad, bien vestido se afana, en cuclillas, en echar las llaves del cierre.
Le abordamos
- Buenas tardes
- Buenas tardes amigo. ¿qué se le ofrece? Contesta con gesto adusto.
- Aquí que venimos haciendo un cuestionario a los comerciantes sevillanos…y lo hemos visto a usted y…
- Deberíais haber venido esta mañana, que estaban todos los locales abiertos. Ahora casi todos tenemos el horario de verano y cerramos a las tres, lo que pasa es que yo me he entretenido haciendo unas cosillas…ya sabe, con la calor.
- Claro, claro y… ¿Cómo va el negocio?
- ¿El negocio dice? Pues mal. La crisis, que no hay trabajo. Yo me defiendo, pero hay muchos que han tenido que cerrar.
- Lógico. El comerciante se incorpora y se atusa como puede las arrugas del pantalón. Impecable el hombre, el clásico comercial sevillano. Pues eso amigo, continúo, que venía indagando sobre las preferencias vacacionales de los sevillanos, y si a usted no le importa le podíamos hacer unas preguntitas.
- Usted dirá
- Verá…usted ¿es el gerente de esta ferretería?
- Si eso, el gerente.
- ¿está casado?
- claro, y con dos niños
- Esa era la otra pregunta. ¿su mujer trabaja?
- Sí, en una tienda de moda flamenca que hay en la calle Francos, que entró allí cuando éramos novios y ya van para treinta años.
- Estupendo, y ¿dónde pasan ustedes sus vacaciones? Entonces el hombre se hace el interesante y sonríe.
- Bueno verá, en casa somos mucho de Matalascañas, que todos los veranitos, a mediados de julio nos cogíamos unos quince días y alquilábamos un apartamento al lado de la playa, pero ahora nos hemos comprado una casita en el Ronquillo, para invertir los ahorrillos. Allí se está de lujo, que todos los de la urbanización somos de Sevilla y parece que estamos en el barrio. Por la mañana la cervecita y el pescaíto y por la noche a tomarse un helado en el paseo…en fin. También nos gusta el Rocío, y todos los años nos gusta hacer el camino con la Hermandad de Coria, que es donde está mi cuñado, pero este año con la crisis… ya sabe, sólo hemos ido cuatro días, ver la Virgen de salir y poco más.
- Y ¿hace usted alguna salida esporádica fuera de Sevilla?
- ¡hombre claro! Los fines de semana, los puentes, y en Semana santa y feria aquí, por supuesto, pero luego nos gusta salir a los pueblecillos.
- ¡ah! Muy bien. Y ¿Cuál fue su última salida?
- Pues cogimos el coche y nos fuimos a la Sierra de Cádiz. ¿ha estado usted por allí?
- Alguna vez, y el hombre prosigue:
- Grazalema, Olvera… y no me acuerdo de más, bueno sí, un pueblo muy chiquito que se llama Setenil. Setenil de la Vega, de la Ladera, de la sierra o algo así. ¿lo conoce?
- ¿Setenil? Bueno algo
- Pues sale mucho en la tele, en el Canal Sur y todo eso. A mí desde luego ya no se me olvida el pueblo ese. Y hace el hombre un gesto raro con la boca. Entonces me agarra el brazo y me lleva a la sombra de una acacia que verdea a escasos metros.
- Verá, prosigue, el pueblo es bonito, y muy raro con esas cuevas y esas casas metidas debajo de las piedras, la iglesia, el castillo…ya sabe cómo son esos pueblecitos de la sierra, pero este en concreto es digno de ver… aunque… entonces el comerciante levanta los brazos y hecha el tronco hacia atrás. ¡qué cosa más difícil de pueblo! Primero te ves negro para llegar, que están todas las carreteras cortadas, y eso que tengo un buen coche, ¿sabe usted? Y me señala un todoterreno aparcado en una explanada de albero.
Yo porque mi mujer lo vio en la tele y se emperró en que quería ir a Setenil, que si no yo me hubiera dado la vuelta y cogido para Ronda o Ubrique, pero nada, ya sabe usted como son las mujeres.
Yo asiento con la cabeza.
- Entonces me meto en esas carreteras que están que dan pena, que si por aquí cortada, que un desvío por allá, y la que no está caída poco le falta, y nosotros sin saber a donde íbamos, que no había señales en ningún lado…
- ¿y llegaron a Setenil?
- ¡Claro! Mira, digno de ver. Un pueblo metido en un boquete hecho por el río. Todo blanco, con sus casitas, las cuevas, un poco sucio, pero muy curioso. Entonces me meto por una calle y ¡Ay amigo! Y hace el mismo gesto que antes. Lo que le digo; ¡qué pueblo más difícil! ¡qué cuestas! ¡sin saber donde aparcar! ¡qué calles más estrechas! ¿Ha visto usted mi coche?  Entonces me lleva a donde tiene aparcado el todoterreno.
- Estrenándolo que estaba no hacía mucho. El primer viajecito que hacíamos y mira… ¡qué calle! Que por allí no pasaba el coche. ¿quién me mandaría a mí meterme por aquella calle? Ni patrás ni palante, que no pasaba. Ni recogiendo los espejos, y todo el mundo mirándonos y uno que para la derecha y otro que para la izquierda y uno que le pone una rebeca para que no lo rayara, y mi mujer como un civil en el asiento del copiloto…y ese olor a embrague quemado. En fin, ¡qué le voy a contar! Fíjese usted que marca. El hombre me enseña un rayón de dos metros en el lateral derecho. ¡y estrenado el coche! Mira, mira que marca. La marca de Setenil que le digo yo. Menos mal que lo tengo a todo riesgo y la semana que viene lo llevo al taller de mi primo que es chapista.
El pueblo como le digo muy bonito, pero a mí desde luego no se olvida, más que nada por lo del coche. Luego ya nada me parecía bien, ni las tapitas que nos tomamos en un bar, una masita o algo así, que yo sólo hacía acordarme del rayonazo que le hice al coche…así que figúrese.
Y el comercial deja por fin de hablar y se queda pensativo y meditabundo mirando ese enorme desconchón. ¡Setenil! Y que no tenía ganas mi mujer de ir ni ná.
Así aprovecho ese momento de abstracción y me despido del hombre que debe tener la boca seca y ya tendrá ganas de volver a casa y relajarse después de su jornada de trabajo, y lo veo meterse en su todoterreno negro, flamante y casi nuevo, aunque con una enorme marca en el lateral derecho.
¡La marca Setenil! repito divertido. Y me quedo sólo por las calles de este barrio sevillano que con el paso de los años ya tiene solera y estilo propio, El Parque Alcosa, barrio de barrios, de amplias avenidas y altísimos bloques de colores. Encina del Rey, Las Tendillas, Bib-Rambla, Las Monjas. Busco entonces la sombra, que estamos en Sevilla y aunque aún no es verano el calor ya viene apretando.
La clase de brasa que me ha dado el hombre para contarme lo del coche, pienso para mis adentros.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Aquellos maravillosos años

Hace ya algunos años desde que fue tomada esta fotografía en la que Felipe González, por aquellos entonces presidente del gobierno, posa junto a unos niños en alguna visita que hizo a Setenil. Hoy es uno de esos jarrones chinos que, como él mismo dice, tienen mucho valor pero nadie sabe dónde colocar y los niños son ya unos hombres.
Eran años felices, la crisis ni se atisbaba en el horizonte, los alemanes eran gente que no paraba de enviarnos subvenciones y no esa señora tan seria que no hace más que preguntarnos en que puñetas nos hemos gastado todo ese dinero. Los políticos gustaban de retratarse con la chavalería en plan "dejad que los niños se acerquen a mí" y los chavales querían hacerse una foto con ellos, aunque sólo fuera por tener un recuerdo de ese señor que salía todos los días en el telediario.
Eran otros tiempos como digo, cuando la clase política aún no era considerada como el principal problema de los españoles junto al paro y la corrupción y que la visita de un personaje tan célebre era todo un acontecimiento ciudadano.
De aquella visita siempre nos quedará la frase del líder socialista, no sabemos si real o ficticia, de que le gustaría ser alcalde de Setenil cuando dejara la alta política, como una especie de retiro dorado después de las altas cotas de responsabilidad que ejerciera durante tantos años.
Eran otros tiempos como digo, no sabemos si maravillosos o no pero, viéndo la fotografía hoy día, resultan muy lejanos.

martes, 21 de mayo de 2013

De monstruos, fantasmas y otros seres mitológicos: La vieja Amica

Era aquella una casa de campo, una casa rodeada de olivos a la que se accedía por una estrecha vereda delimitada por altísimos chopos. Una era, las ruinas de un viejo chozo que bien podría ser bodega o lagar, un pozo blanco con brocal y polea, unas cuadras y chumberas detrás del edificio principal. Llamaban a esta casa La Viña Alta, sonoro y altivo nombre que evocaba un pasado feliz de parras y mostos en una tierra que tuvo en el vino y sus quehaceres el Ser y desvelo de sus gentes.
Dentro, en la casa, un amplio salón comedor presidido por una chimenea donde siempre ardía café o cocido, vigas de madera en los techos, fotos repintadas de alguna boda y estampas de santos. Arriba los atrojes y otras estancias, una casa de campo en definitiva sencilla y acogedora, morada de gente laboriosa y adusta.
Habitaba aquella casa un matrimonio con sus tres mozarrones y sus dos mocitas, todos con muy buena planta, algún muchacho que ayudaba en las faenas del campo y que era como de la familia y una anciana que los viejos de la casa no tenían muy claro si había venido con ellos cuando se compró la propiedad o ya entonces moraba en la vivienda. Contaba mi abuela, que era una de esas mocitas que allí se criaban, que decían sus padres que podía ser la abuela de una vieja parienta que vivió en la casa hacía muchos años, pero nadie daba parte exacto de su parentesco. Amica decían que se llamaba este vejestorio de pelo blanco hasta la cintura y que andaba de su habitación a la cocina en camisón, sin reparar en nadie y sin que nadie reparara en ella, como una aparición, como un ánima que formaba parte de la casa como los muebles y las cortinas.
Recorría como digo la casa esta presencia fantasmal, hablando extrañas palabras y recitando unas letanías que ya por aquel entonces habían perdido su significado. Parecía aquella Amica eterna e incombustible, milenaria diría yo y solo su extremada pasión por el vino daba fe de que aquel camisón con piernas fuera humana persona y no presencia espectral.
Había antes en aquellas casas lugares especiales que por frescura e idoneidad servían para guardar los alimentos, alacenas donde se almacenaban el aceite, la cachina, el pan y sobre todo el vino y el mosto que por aquellos entonces resultaban más medicina y alimento que vicio y perjuicio de la salud. Era como digo esta Amica amante en demasía del vino y sus sucedáneos, que en bajar de su habitación a la alacena para agenciarlo consistían su rutinarios paseos, ¡y en consumirlos! que era digno de ver como relucían esos mofletillos sonrosados en aquella tez lechosa y casi transparente que parecía como de nácar. Dulces o tintos, moscateles o finos, que no le hacia esta Anica feo a ningún caldo por muy avinagrado que estuviese y que al parecer suponía el verdadero motivo de su etérea existencia y único sustento material de aquel cuerpecito exhausto.
Contaba mi abuela, guardiana y custodia que era de aquella cocina de continuo trasiego de hoyas para alimentar a tantas bocas como exigían las labores del campo, que cuando se topaba con la Amica con las venillas de la nariz a flor de piel y oliendo a pellejo de odre, le interpelaba....Amica, ya encontró usted el moscatel, o el aguardiente o lo que diera lugar, y entonces la vieja le replicaba con una vocecilla como salida de lo más recóndito de su diminuto cuerpo, como si fuera más de muerta que de viva, como hacia dentro...aunque lo enteréis bajo tierra, ya daré yo con el vino. Y era este como digo el único vínculo de vida de la anciana; el alcohol y sus desvelos por encontrarlo, burlar de esta manera el esfuerzo de la muchacha por guardarlo de aquella vieja feroz de ojos vidriosos y aliento añejo, todo lágrima y pajarete, Atila terrible de la bodega de aquella humilde casa.
Decía mi abuela que en aquellas querellas pasó gran parte de su laboriosa juventud, en burlar y ser burlada por su vieja parienta, que si bien parecía que la uva fermentada la había hecho eterna, no hay dicha que quinientos años dure y poco a poco la Amica fue bajando menos por la alacena. Tan alarmante fue la disminución del trasiego, que la misma muchacha, apiadándose quizás, no escatimó en dejar a mano alguna que otra botellita de quina o pedroximenez, cuyo escanciado diario demostraba que el monstruo un vivía, destilaba diría yo, que me imagino yo a ese montón de pellejo volviendo a la vida con su diaria inyección de alcohol.
El caso y es lo que vengo a referir, que en una de esas, nuestra Amica dejo de transferir el líquido elemento a su organismo, al menos hasta que la joven se percató del asunto y se atrevió, quizás por primera vez en su vida, a violar la santidad de aquella habitación... Un rancio aroma a vino anejo inundaba la estancia, densos efluvios de caldos condensados y una mancha negra, ocre en el suelo. Amica, como por ensalmo, había transmutado en un brandi sólido, se había convertido en una gelatina dulce y pegajosa, su presencia física se había consumido y solo había quedado de ella su esencia alcohólica.
La muchacha, con los ojos irritados y tapándose la boca y nariz con un pañuelo para evitar morir asfixiada, abrió las ventanas de aquella habitación que había permanecido cerrada durante siglos, como las entrañas de un barril de solera, y un fuerte aroma a vino salió al exterior. La brisa que bajaba de Acinipo se encargó de expandir un denso olor que inundó durante días de vapores etílicos los campos vecinos de aquella casa en el campo y llegó hasta el mismo pueblo, recorriendo sus calles y callejuelas.
No fue esto que le sucedió a la vieja Amica el único fenómeno relacionado con la química del alcohol que aconteció en la provincia. Se conoce el caso de un tal Matías Uvero, Baco elefantino que ejercía su divinidad en una afamada bodega jerezana y que una buena mañana ardió instantáneamente al roce de un soplete mal orientado. Puede que la combustión de Matías fuera un suceso más espectacular y sonado que la paulatina evaporación de la vieja Amica, quizás como un símil de la pujanza económica de la industria vitivinícola jerezana en contraposición con la setenileña, que ya por aquellos años estaba casi desaparecida. Queda no obstante la idea, propia y común a todas las tierras del vino, de transmutación de hombre y mosto en un solo elemento, bien gaseoso o sólido, cuando se hace un uso cotidiano y desmesurado del mismo, transmutación y espiritualización en definitiva de la carne en sustancia etílica.
Nota; homenaje a Fernando Quiñones, novelista y poeta gaditano

viernes, 10 de mayo de 2013

Romería de San Isidro 2013 en Setenil

Romería de Mayo de 1954

Bueno amigos, al fin llegó el fin de semana de nuestra romería, así que la gran mayoría se dispondrá para subir por esos carriles de Dios hacia la Escalanta.
A pasarlo bien y a disfrutar en paz y buena compañía.
¡Viva san Isidro! ¡viva Setenil!