lunes, 11 de agosto de 2014

El cielo desde Setenil (Reedición)

Con ocasión de la conmemoración el 10 de agosto del día de San Lorenzo, retomamos esta entradita de septiembre de 2010 donde al hilo de este maravilloso espectáculo que es la Lluvia de las Perseidas, rememoro unos hechos de mi adolescencia.
Después de finiquitada nuestra feria creo llegado el momento de relajarnos para recrearnos con el añorado silencio, y un consejo amigos, no dejad que las prisas os impidan disfrutar, aunque sólo sea por unos instantes, de este maravillo cielo estrellado que como un manto en la noche cubre Setenil.
 
 
El cielo desde Setenil
 
Me manda Juan Ignacio Marín un artículo donde da rienda suelta a una de sus grandes aficiones, la astronomía, un tema desde luego al que me acerco virgen e impoluto pues reconozco mi total ignorancia en la materia, aunque no por ello dejo de sorprenderme ante cualquier descubrimiento científico o la simple visión del firmamento en una noche estrellada.
En un blog como este, donde la mayoría de las veces nos dejamos llevar por el día a día, la anécdota o lo que los especialistas llaman la microhistoria, ver y conocer lo que hay sobre nuestras cabezas, en el cielo, más allá de lo que a simple vista se puede percibir, no deja de hacernos pensar en las banalidades de nuestro mundo y que nuestras alegrías y penas, nuestras disputas y querellas, son sólo un ínfimo átomo de polvo en la inmensidad del universo.
Recuerdo cuando jovencillo, quizás rondando aquellos maravillosos 18 años, cuando nos dio a un grupo de amigos por pasar la noche viendo la lluvia de estrellas, las famosas "lágrimas de San Lorenzo". Así nos fuimos al cementerio para subir al tejado de la emisora que está junto a la ermita de San Sebastián y acostarnos mirando hacia el firmamento dirección noroeste. Allí estábamos Antoñín, Pepe, Antonio María, mi primazo José, Blas, Fali desde luego y otros muchos. Las risas y las bromas se sucedían sin parar. Muchos de los mejores chistes que he escuchado en mi vida son de aquella noche.
Pronto, a eso de las dos de la madrugada comenzó la lluvia de estrellas. Al principio las contábamos y pedíamos deseos, pero luego, cuando aquel goteo constante empezó a convertirse en una verdadera catarata, simplemente nos callábamos y disfrutábamos del espectáculo. No creo que por aquel entonces alguno de nosotros conociera la explicación científica de ese fenómeno, pero desde luego estábamos sobrecogidos ante la maravilla de la que éramos testigos. Quizás, sin saberlo, nunca vimos las cosas tan claras y nítidas como en aquel instante.
Pasarán los años, y seguramente, para la mayoría de los que estuvimos allí, esa noche de verano fue sin duda una de las más mágicas y especiales de nuestra vida.
Así pues, con ustedes un viaje a las estrellas desde Setenil para dejarnos sorprender por la inmensidad del cosmos. ¡Os dejo pensando y con la fantasía volando!
¡Salud!
 
Ver entrada antigua:
El cielo desde Setenil : Setenil Rural

martes, 5 de agosto de 2014

Señora de negro sobre fondo blanco. Por Marefa Vilchez



Dice uno de esos tertulianos televisivos, catedrático de no sé qué asignatura en no sé qué universidad, colega de sus alumnos y optimista congénito, que no nos preocupemos por el lenguaje, que nunca se ha escrito tanto como se escribe ahora con la revolución de los whatsApp, así que dejemos al chavalerío en paz con nuestras neuras e historias, que bastante tienen ellos con no chocarse con las farolas de lo absortos que andan.
Dice un fotógrafo, profesional del photoshop y paladín de los pixeles, curtido en mil y una bodas y comuniones, que nunca se han hecho tantas fotos como en la actualidad...y nunca se han perdido tantas imágenes como ahora.
Las fotos de los móviles y los whatsApp son la quintaesencia de la inmediatez de esta vida nuestra. En un plis-plas unos chavales se hacen un selfie en el Mandalá delante de unas niñas y se la mandan al colega que se ha quedado en casa para darle envidia. Esa foto y ese mensaje tienen una actualidad de horas, quizás de días. A la mañana siguiente parece como algo borroso que ocurrió en la nebulosa del duerme vela, e inmediatamente viaja al limbo tenebroso de la oscuridad digital...el todo y la nada.
Nunca se ha escrito tanto y nunca se ha fotografiado más que hoy día, y sin embargo, como en un decorado de cartón piedra, ¡que vacío parece todo!
Yo, que no soy ni mucho menos un optimista congénito como ese tertuliano dicharachero, me enamoré de esta foto que encabeza la entrada desde el primer día. La autora es Marefa Vílchez, una setenileña afincada en Sevilla. Está tomada en el Cerrillo a finales de los ochenta  y en ella podemos ver a Ana, una anciana entrañable, sentada en el umbral de su casa.
Puede que Ana sólo tratase de taparse los ojos de la claridad del sol, aunque a mí me parece la misma imagen de la abnegación, como si hubiera alcanzado la inconsolable firmeza de un hecho cierto, puede que un asunto trivial, quizás la constatación insondable de que la vida ha pasado como un caballo a galope...y al fondo se ve el mar.
Marefa comprendió que algo estaba pasando y tuvo la habilidad de ralentizar el momento y plasmar el instante mismo de una fotografía de verdad. Por eso esta imagen es distinta, diferente, original, sin poses ni afectaciones, sin teatralidad, libre de artificios y trampantojos. La fotógrafa ha parado el tiempo para atrapar el alma de la anciana y traspasar de esta manera el mero hecho de lo utilitario.
Nunca sabremos que pasaba en esos momentos por la cabeza de Ana, pero mucho me temo que nada que nos resulte ajeno, nada que algún día, como un fantasma, no nos asalte a nosotros mismo en el desvelo de una noche oscura.
Por eso esta foto es atemporal y profundamente humana, dueña además de una extraña belleza que nos cala en las entrañas.
Quizás por ahí podamos empezar a deshilachar el concepto de lo que significa el Arte. 

Nota: Gracias a Marefa Vilchez por compartir esta imagen y a Pedro Andrades (el hijo de Pedrín) por recuperarla.
¡Salud amigos! y ¡buena Feria!

jueves, 10 de julio de 2014

Setenil adentro

Bueno, bueno, la que se ha liado con lo de las cruces. Mira que he tratado de pasar página insertando una historia de nuestro amigo Juan, la de los perrillos que le parió la Chica cuando las últimas lluvias, pero nada, la gente sigue con lo de las cruces.
¿Y dónde dices que están? ¿Y es verdad que se presentó todo el pleno municipal? ¿Quién es el del Equipo D?
Y yo, claro, un poco sobrepasado con el asunto les digo que todo fue un cuentecillo, que los personajes son ficticios, salvo Rafael V. y lo de las peyaítas de yeso que son tan ciertos como los tajos…porque, ¿qué necesidad tengo yo de meterme en estos líos, cuando no tengo ningún problema personal con el alcalde ni ningún miembro del actual gobierno municipal? Cierto y verdad es que no me gusta esa manera de reinterpretar Setenil, el modo de usar a las personas y su forma de hacer política, algo así como un caciquismo a la antigua donde se reparten favores y gracias según las circunstancias. En otros lugares donde he vivido (Sevilla y Málaga, por ejemplo), los ciudadanos como tales tienen derechos y deberes y no mercedes otorgadas por la gracia de un político.
El caso es que estos días he tenido tiempo de mirar mucho a los tajos y la verdad es que me ha dado ocasión para reflexionar, pensar sobre la relación de los setenileños  con estas piedras milenarias entre las cuales un día nuestros antepasados ubicaron sus moradas.
En cierta ocasión unos amigos de Alcalá del Valle nos visitaron en Setenil con sus hijos, dos niños de entre cuatro y siete años.  Recuerdo la cara de los chavalitos cuando andábamos bajo los tajos, la manera en la que miraban esas cornisas interminables de las Cuevas del Sol que parecen desafiar la ley de la gravedad, y como se sobrecogían conforme nos adentrábamos más adentro de la piedra. Esos niños literalmente estaban aterrorizados cuando perdieron toda la visión del azul del cielo y se vieron envueltos bajo una cúpula mineral.
Me llamó la atención la reacción de esos pequeños, acostumbrados en su corta edad a levantar sus cabezas y sólo tener sobre ellas a las nubes y los pájaros. Quizás, sean estas piedras, estos tajos, este cañón fluvial que nos alberga el verdadero clic que define el ser setenileño, una especie de pesadez mental, de aturdimiento anímico  que nos oprime y nos impide descongestionarnos hasta que no salimos a campo abierto, allá por la Campiña o a la Mata de Vargas, por ejemplo.
Quizás, aquello que precisamente hace único a Setenil como espacio físico, confiera también a sus gentes una personalidad propia y definida, vital y sorprendente en ocasiones, apática e indiferente en otras, capaz de lo mejor y de lo peor  y que ha marcado nuestro devenir como grupo humano. 
¡Salud amigos! y buena fiesta del Carmen 

lunes, 7 de julio de 2014

Historias de verano (II): Juan en su laberinto

Ha comenzado el varano con agua. Rara está la atmósfera. Ya por San Juan lo que se espera en Setenil es calor y más calor. Corpus de estío, mosquitos, juncia, terrazas y verbenas nocturnas, julios, agostos y el implacable rigor de la canícula del sur.
Suena un trueno entre los tajos, cae la fina lluvia sobre las matas de pimiento que ya rebosan de caperuzas verdes. No puede ser buena esta agua que cae del cielo cuando la puebla lo que pide es sol que caliente la tierra y el líquido frescor del arroyo inundando los surcos.
No puede ser buena esta agua, piensa Juan apoyado en la zoleta, siempre negativo, nunca satisfecho con los caprichos del tiempo.
Allá, en la higuera que ya luce brevas negras le espera la majuana con el mosto, ¡qué remedio! Al mal tiempo buena cara, que decía el otro.
Se sirve nuestro amigo un chato claro y fresco que apura con placer. Entra el hombre del campo en una especie de letargo y ensimismamiento que es desde hace unos meses su estado natural. Barren las nubes los campos oscureciendo tajos y chopos. A lo lejos, bajo las metálicas gradas del cadena se oyen los lastimeros lloros de una camada de perritos, agudos y finos, casi imperceptibles. Solo la llegada de la perra Chica hace que cesen los quejidos y comience un gutural ronroneo de chupeteos y absorciones.
Por si fuera poco, la leal e incondicional Chica se le presenta ahora con este panorama, que las desgracias nunca vienen solas. La deformidad de su barriga y las ubres colgonas del animalito ya le venían avisando, que se la habían desgraciado otro año más. ¡Será puta la perra!
Juan apura otro sorbo de mosto, se agacha como puede con su pata de palo bajo el cadena y niega con la cabeza. Cuatro o cinco barrigudos se emplean con avidez, casi con violencia, en las mamas de la perra.
La Chica, satisfecha y maternal, le mira con esos ojos grandes y tristes que parece que adivina sus pensamientos.
Ya desde el primer día pretendió meterles mano y echarlos al saco, cuando sólo eran una masa sanguinolenta de criaturas sin alma ni gracia. No fue capaz Juan de apartar a la perrilla de sus cachorros y se consoló diciéndose así mismo que había de dejarlos algunos días más para que le limpiaran los calostros y el animal no enfermara.
Y ya han pasado cinco días, y una semana, y la Chica se va confiando y se acerca al arroyo a beber y se asoma a la vereda a ladrar cuando pasa la Puch amarilla del vecino que viene a echarle de comer a los animales.
Y Juan no ha sido capaz de meterle mano y tirarlos al arroyo, como hacen los hombres del campo cuando se da la circunstancia. En el bar nadie los quiere, que los ha pretendido dar. Los niños de la calle le han pedido alguno pero apresurada ha salido alguna madre para decirle que no quiere animales en casa.
Ya se aventura alguno de los cachorros a salir de debajo del tractor, el más valiente, el machito blanco que parece el mejor alimentado, asomando su cabecilla a la claridad del día, olisqueando el mundo azul, hoy algo gris, que existe fuera de su cubil. Las eternas tardes de verano que parecen no tener fin.
Piensa Juan  en mil y una maneras de quitarse de en medio la camada, y todas le parecen crueles  y atroces. Le cuentan cuando despachan los cafés de la mañana como lo hacen, que no sufren las criaturas de lo tiernos que están, pero a Juan le falta ánimo y decisión, aunque no es la primera vez que se ha visto en las mismas. Quizás sean los años.
Se sirve el rudo hombre del campo un vasito más de mosto. Ahora son dos perritos más los que se asoman al exterior, uno de color canela y otro con una manchita negra en el hocico, más graciosa que todas las cosas. Dan saltitos y juguetean, corretean a su alrededor y huyen asustados a la oscuridad del oruga cuando truena como un trabuco el escape de la Puch del vecino, que se vuelve al pueblo después de apañar a los bichos.
Luego salen de nuevo los animalitos, más confiados y animosos que antes. Ahora saltan y acechan bajo sus pies y el de la manchita negra en el hocico le muerde los cordones de las botas.
Juan está confuso. No quiere ni siquiera mirarlos. A lo lejos, desde el arroyo, la Chica con las ubres hinchadas y brillantes observa la escena, confiada y satisfecha.

lunes, 30 de junio de 2014

Historias de verano (I): Cruces blancas en los tajos de Setenil

No tengo claro quién fue el primero que se dio cuenta. Quizás mucha gente las hubiera visto antes pero nadie se percató de lo extraño que hacían en lo alto del tajo. Las cruces desde luego llevan mucho tiempo ahí, desde siempre, pero claro, alguien tuvo que atisbar que aquello resultaba, cuanto menos, extraño.
¡Una cruz en el tajo! Gritó aquel hombre, y entonces todos empezaron a hacer fotografías con sus móviles.
Bueno, así empiezan las cosas, de la manera más simple que podamos imaginar. Luego todo siguió como ya sabemos. La voz se corre, la gente del pueblo se acerca a ver de que se trata y empiezan a circular los rumores; la clásica leyenda del tesoro escondido por los moros, que si es una cruz que conmemora algún terrible suceso (infidelidad, muerte e incesto, no falla), que si algo de apariciones y espíritus…en fin. Primero los blogs locales, el Imagina, el Numismática, el Rural, que son de lo más enteradillos, y luego la noticia corre como la pólvora por las redes sociales:
¡Aparecen misteriosas cruces en los tajos de Setenil!
De la curiosidad inicial se pasa a la rumorología más diversa no existiendo setenileño que no se pasara por esa calle y estirara el pescuezo para buscar la cruz. Los turistas ya se sabe, si ven a un grupo de paisanos mirando para arriba pues miran ellos también y fotografía al canto con selfie incluido.
La cosa se disloca y ante la relevancia del asunto, el Ayuntamiento, siempre tan atento a este tipo de cuestiones que interesan al bienestar de los vecinos, decide tomar cartas en el asunto.
Mañana de verano. La comisión en pleno, escoltada por la policía local y el perito municipal, se planta bajo las susodichas cruces.
Pues si señor, parece una cruz…
Y blanca, apunta el alcalde.
Todos asienten con la cabeza.
En la mente de alguno quizás vislumbrara la posibilidad de sacarle rendimiento a tamaño descubrimiento, un acicate turístico, ¡cruces en las cuevas! quizás una escuela taller…bueno, poquito a poco. Lo primero es lo primero. Hay que llamar a los entendidos, que para eso se les paga, y que se realice un informe previo para enviarlo a Cultura con el fin de pillar alguna subvencioncilla que haya por ahí suelta. Estas cosas funcionan así.
Dicho y hecho. Teléfono, ¡aquí y ahora! ¡ya!
¡Han llamado al Equipo D! ¿El Equipo D?  Un grupo de élite de especialistas en diversas materias cuya misión es…bueno cosas de estas, así como al estilo de Expediente X.
En cinco minutos llega una furgoneta con los cristales tintados de negro. El público se agolpa expectante; ¡El Equipo D! Han llegado los del Equipo D!
Entonces se baja de la furgoneta un hombre de mediana edad vestido a modo de explorador que sin mediar palabra se dirige hacia el lugar mismo donde está la corporación local en pleno.
¡Corten la calle! Acordonen cuatro metros en derredor del perímetro crucífero…una escalera, ¡rápido!
Un operario trae la extensible y ante la mirada de un público expectante arma los cuerpos articulados de la susodicha, retrocede unos pasos y cruza los brazos. Toda suya señor.
El técnico del Equipo D saca unos utensilios de la mochila, coge aire, mira a los ojos del alcalde y comienza ascensión. Uno, dos, cinco, nueve, catorce peldaños hasta veintitantos que es la altura máxima. Luego, como Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, brazos arriba y cuello casi en horizontal para recoger algunas muestras. Metro para medir la longitud del fenómeno y finalmente fotografías desde diferentes perspectivas. Descenso, con cuidado de no caer que la altura es considerable, hasta el salto final a metro y medio del suelo.
¿Alguna consideración inicial? prorrumpe el excelentísimo munícipe.
Aún es pronto para asegurar nada. Necesitamos analizar las muestras obtenidas, pero nos atrevemos a pensar que hablamos de una datación aproximada de entre mil a mil quinientos años, posiblemente del periodo medieval o quizás anterior, de tipología religiosa o incluso mágica. Algún asentamiento cristiano previo al 711, sin descartar un origen mozárabe. Se han encontrado inscripciones de procedencia templaría en algunas iglesias castellanas ubicadas en cañones fluviales como este que nos alberga, aunque quizás y no lo descarto, se podría hablar de inscripciones rúnicas de origen escandinavo. Rus, mayus…todos lo miran perplejos… vikingos, para que todos nos entendamos, cuyo radio de acción hacia el siglo IX de nuestra era comprendía ciertas áreas del Mediterráneo occidental e incluso el Valle del Guadalquivir, quedando determinadas zonas de la Serranía de Ronda a mano de hipotéticas depredaciones.
El público que se agolpa entorno al técnico no puede dar crédito a lo que oyen sus oídos; ¡Templarios, vikingos símbolos mágicos!
Entonces el alcalde le echa la mano sobre el hombro al técnico y se lo lleva a parte.
Bueno, bueno, ante todo precaución…templarios, ¿eso tiene algo que ver con la inquisición?
No jefe, nada que ver. Hablamos de monjes guerreros que montaban monasterios para guardar caminos y parajes para defender a los files en sus peregrinaciones a lugares santos. Quizás por aquí hubiera algún lugar sagrado...
Para, para…¿y lo de los vikingos? No se, pero suena algo violento e incluso racista, y lo de los monjes me parece algo inverosímil, además, una cruz, una cruz no veo yo tan clara. Son más bien cuatro bolas. Ya sabes que Setenil es un lugar multicultural y una cruz aquí en un sitio tan turístico…
Claro, claro señor alcalde, balbucea el técnico. Quizás, prosigue el eminente político, unas inscripciones musulmanas en todo caso.
¿Unas suras del Corán por ejemplo jefe?
Claro, claro, a eso me refería, unas suras, como los moros estuvieron tanto tiempo aquí en el pueblo.
Dejemé pensarlo, Sr alcalde, ya sabe como son estas cosas.
Claro, hijo mío, claro, piénsatelo, pero calladito con lo de los vikingos y mucho menos con lo de los monjes y los templarios, que Setenil es un centro multicultural. Que no se te olvide.
El técnico le comenta al oído algo al alcalde, recoge sus cosas y se marcha tan rápido como llegó. Tele Alcalá termina el reportaje pasando de un panorámico de la calle a  un zoon de la cruz en toda regla. De libro, vamos.
La delegación municipal se reúne en corro, alguna consigna y dos palmadas. Bueno señores, el espectáculo ha terminado. En breves días tendrán cumplida noticia del asunto en la gacetilla local previo a un informe técnico emitido por los especialistas.
La multitud se dispersa en grupos que charlan animadamente del asunto.
La cosa permanece candente por unas semanas. Calderón pasó un día y dejó caer de soslayo algo de los extraterrestres y el fin del mundo, hasta que la cosa fue perdiendo paulatinamente interés.
A las pocas semanas aparece la gacetilla local, pulcra y aseada, con el membrete municipal del escudo y el yugo en el centro.
En portada y con letras mayúsculas se hace referencia al asunto de las cruces: "Inscripciones musulmanas en las Cuevas del Sol. Otro hallazgo del Equipo D." y una imagen del alcalde dirigiendo los trabajos con las inscripciones de fondo.
El texto, largo y barroco, insufrible por más señas, hablaba de los pormenores del descubrimiento, fruto por supuesto de una ardua labor multidisciplinar de investigación. En principio y resumiendo mucho, venía a decir el artículo que si en un primer momento se barajó la hipótesis de que las señales vinieran a representar algunas suras del Corán que señalaran el lugar de enterramiento de algún santón musulmán en lo que antaño fuera un morabito, al final se señaló como cierta la hipótesis de que se trataba de caracteres árabes que conmemoraban la victoria de un caudillo musulmán sobre tropas enemigas, quizás y muy posiblemente una victoria de las tropas del emir Abd al Rahman sobre los invasores normandos, los mayus, cuando las tropas setenileñas cabalgaron junto a las huestes del gran Musa ibn Qasi y del eunuco Nasar. Se deja caer además la posibilidad de que en el mismo partido de Setenil se sucedieran refriegas entre avezados jinetes serranos y los mayus que ascendieron Guadalete arriba hasta sus mismas fuentes.
Divaga el técnico del Equipo D en esta y otras hipótesis señalando que “las disputas constantes entre peninsulares del norte y peninsulares del sur aceraron de tal manera el talante y el espíritu de estos guerreros que consiguieron derrotar a los mismos normandos que tenían por aquellos tiempos aterrorizados a los pueblos atlánticos de Europa.”
Al final solución de concenso; para recalcar la multiculturalidad de nuestro pueblo, inscripciones musulmanas, y para contentar al técnico del Equipo D lo de los vikingos, que ya llevaba unos años dándole vueltas a la historieta y no sabía dónde colarla. En definitiva, nada de cruces que eso ya no se lleva y queda muy carca y muy de derechas, y la cosa ahora va por lo de la multiculturalidad, que por ahí si que pueden llover las ayudas. Ahora si se puede ir pensando en subvenciones, escuelas taller y cosas de esas. De un plumazo, maniobra política de altura…es que el que vale, vale.
Bueno, en eso quedó la cosa…vikingos, batallitas, jinetes musulmanes…¡que historia! Al final llegó el verano y todo se fue diluyendo. Nada como tres meses de sopor y calor para anestesiar la mente.
El Carmen, La Feria, fue una de esas mañanas de poniente en las que los abuelos aprovechan para estirar las piernas con la fresquita cuando llegó Rafael que, apoyado en su bastón, se plantó debajo de la cruz. Después de unos instantes mirando al tajo se dirige al grupo que tomábamos el fresco en la albarrá y nos dice;
Era mi hermano un niño de unos dieciséis años cuando hizo eso. Todos nos quedamos perplejos. Estábamos en la cochera de Ortíz y al muchacho no se le ocurre otra cosa que lanzar al tajo cuatro peyaitas de yeso con tan buen tino que hizo una cruz. Aún recuerdo como se reía…pobrecillo.
Rafael permanece unos instantes en silencio mirando la cruz del tajo, luego nos sonríe y reanuda su marcha oscilante al compás de una pierna mala y ese bastón de madera que le ayuda en sus andares.
¡Cuatro peyaitas de yeso! Ni tesoros, ni templarios, ni vikingos ni moros…a tomar por culo el cantarito. Y ahora ¿que hacemos? ¿Se comunica a las autoridades lo del hermano de Rafael o seguimos para adelante con lo de la inscripciones árabes? ¿La verdad prosaica de la broma de un adolescente hace sesenta años o un eslabón más en la multiculturalidad de Setenil? No sabe uno que es lo mejor para el pueblo, máxime cuando se comenta que ya se han tramitado los primeros papeles para la pesca de unas ayudas de la Junta. Dinerito fresco ahora que está la cosa tan mala y lo que es más importante, votos, que ya están las municipales a la vuelta de la esquina…Sólo espero que no le ocurra ningún accidente al bueno de Rafael, que los talibanes de la multiculturalidad no se andan con chiquitas.

Nota; Las misteriosas formas existen y son fácilmente visibles en las Cuevas del Sol, siendo real el origen que les atribuye Rafael V. Los demás hechos que se relatan así como los personajes que aparecen en este cuentecillo son pura ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Dedicado a los políticos visionarios que ven algo donde en realidad no hay nada y luego son incapaces de ver lo que las demás personas distinguen con claridad.

martes, 13 de mayo de 2014

Ezequiel en Setenil

 
Ezequiel es un hombre menudo, sus ojos son pequeños pero expresivos y curiosos, creo que algo claros. Su indumentaria es parecida a la que conocemos del programa  Tierra y Mar aunque quizás el pasado viernes  fuera algo más clásico. Como siempre, apareció tocado con esa famosa “mascota” que se ha hecho tan popular y que se ha convertido en su sello particular.
Ezequiel paseó por Setenil, visita de rigor a la Iglesia Mayor y al Lizón, y saludó a tantos paisanos como se le acercaron. Luego bajó a las Cuevas para hablar de su libro.
Al empezar la charla hizo referencia al discurso de José Saramago cuando la ceremonia de los Nobel , allá por 1998,  aquel en el que hace una alabanza de las gentes del campo a través de la figura de sus abuelos: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer…”
Así empezó su charla. El auditorio estaba conformado por una gran variedad de personas, jóvenes y mayores, gentes del campo, algunos emprendedores  locales. Ezequiel hizo un breve repaso a la temática del libro que allí presentaba. Desde el primer momento quedó patente la cercanía del protagonista y su raza de periodista, de indagador de las vidas ajenas. Reclamaba ese contacto con la gente que allí se congregaba. Luego, en la firma de ejemplares, demostró su oficio cuando preguntaba a cada uno para poder personalizar las dedicatorias; ¿Cuántos olivos tienes? ¿Cómo recolectas  las almendras? ¿Qué raza de oveja estáis criando?
El campo y sus gentes, también el mar,  los animales que pueblan esta tierra, los antiguos oficios, las formas de vida, pero sobre todo sus gentes, a los que Ezequiel Martínez ha sacado del anonimato y ha dotado de un halo de dignidad. Ese es el gran legado de Tierra y Mar, esa es la filosofía del programa y de eso trata el libro.
Podremos no compartir al cien por cien todas sus afirmaciones, podemos discernir con él en su forma de entender el mundo rural, pero esa forma de pensar es honrar la memoria de nuestros abuelos y de sus formas de vida, de la gente que mimaba los olivos durante todo el año y que vareaba con cuidado para no dañarlos, de los que trillaban en la era, de los que aventaban el grano, de los carboneros y caleros que vivían del monte y las encinas, de los cabreros que recorrían cañadas y veredas, que desmochaban los chopos en verano para saciar la sed de sus animales. Paisaje y paisanaje, compromiso y respeto, mirar al pasado para afrontar con garantías el futuro… Yo no sé ustedes, pero oyendo a Ezequiel se me vino a la cabeza la figura de mi abuelo, de aquel hombre humilde que por la mañana hacía pan en su horno de leña y por las tardes subía al Manchón para regar su huerta.  ¡Qué me hubiera gustado poder presentarle esa tarde a Juan Solano!
Al principio de la charla, cuando Pedro Andrades presentaba al famoso periodista de Canal Sur, Ezequiel subió la mirada al techo de roca bajo el que se celebraba el acto. En un reborde de la piedra tosca, las golondrinas se afanaban en fabricar sus nidos de barro, del río al tajo,  del tajo al río, peyaita a peyaita, y esos inconfundibles chilliitos que son el anuncio del cercano estío.
Absorto en el trabajo de estos pajarillos Ezequiel estuvo abstraído por unos segundos, quizás reclamando para sí y para todos el derecho al silencio, al sosiego,  al disfrute de la contemplación de la naturaleza y la sonora verdad del rumor del agua.

"Para mí ha sido un orgullo y una satisfacción compartir las vivencias de la gente trabajadora del campo y de la mar, acompañando a los profesionales y amigos del programa y de la RTVA con quienes he tenido el honor de convivir en todos estos últimos, y fructíferos, años de mi vida laboral que me han llevado al estado de júbilo en el que me encuentro."

Ezequiel Martínez. Tierra y mar.

Para saber más:
Discurso de José Saramago. Saramago, opiniones.
Ezequiel Martínez bajo los tajos de Setenil.  Imagina Setenil

Estas fotos son del reportaje que realizó Ángel Medina Laín, a quién agradecemos su trabajo.





Ezequiel y Sebastián. La cercanía del periodista
 

Francisco y Juan, de la Junta de San Isidro Labrador,
le ofrecen a Ezequiel la medalla de la hermandad
 

Ezequiel y Pedro, maestro de ceremonias del acto
 

Ezequiel firma ejemplares rodeado de productos locales
 


Su "mascota", sello inconfundible
 

martes, 6 de mayo de 2014

Colgado por Setenil

Desde el Bañuelo, sonoro nombre de aquella fuentecilla que alegre fluía bajo las peñas de la Jabonería, el fotógrafo plasma al escalador en esforzado escorzo, literalmente colgado del tajo. La iglesia y la Villa al fondo, como testigos mudos de la proeza.